Velas hermosas, pero sin viento
Una reflexión sobre lo que hacemos y el aliento invisible de Aquel que nos sostiene
Pensemos por un momento en que todo está listo para la reunión: las luces encendidas, los instrumentos afinados, los micrófonos probados, las pantallas funcionando, los servidores en su lugar, el café preparado —porque, siendo honestos, hay reuniones que han sobrevivido más por la presencia cálida del café que por la puntualidad de los participantes—, y sin embargo puede faltar lo más importante. Todo puede estar ordenado, presentable, limpio, correcto, cuidadosamente montado para que nada falle, y aun así quedar suspendido en esa extraña sensación de que la maquinaria funciona, pero la vida espiritual no termina de aparecer.
No es una sensación fácil de explicar, pero cualquiera que haya servido durante años en una comunidad, en una iglesia, en una familia o en cualquier obra que dependa de algo más profundo que la logística, la conoce. Uno puede tener movimiento sin dirección, sonido sin claridad, actividad sin fruto, calendarios saturados sin pasión, reuniones llenas y corazones vacíos. Puede existir una estructura bien armada, con piezas en su lugar, girando con precisión casi profesional, y aun así faltar ese aliento invisible que convierte lo organizado en algo vivo.
Hay una frase atribuida a Charles H. Spurgeon que quizá nos ayude a entenderlo un poco más:
“Sin el Espíritu de Dios somos como barcos sin viento, ramas sin savia y carbones sin fuego”
La imagen no es difícil de entender. Un barco puede tener velas hermosas, bien tensadas, preparadas para cruzar el mar. Puede tener un capitán experimentado, mapas bien trazados, tripulación capaz, provisiones suficientes y una dirección clara. Puede incluso verse majestuoso desde la orilla, como si estuviera a punto de emprender una gran travesía. Pero si no sopla el viento, sencillamente no va a avanzar.
La frase de Spurgeon no habla de barcos rotos, sino de barcos sin viento; no habla de ramas cortadas, sino de ramas sin savia; no habla de carbones inexistentes, sino de carbones acomodados, presentes, visibles en la fogata, quizá hasta bien colocados, pero incapaces de calentar algo porque les falta fuego.
Mucho me temo que ese sea uno de los peligros más sutiles de nuestro tiempo: creer que porque algo funciona, está vivo. Confundir estructura con salud, movimiento con dirección, activismo con fruto, asistencia con transformación. Nos hemos vuelto muy hábiles para poner cosas en marcha, pero no siempre para preguntarnos si todavía hay vida en lo que hacemos. Sabemos organizar, producir, comunicar, amplificar, publicar, transmitir y convocar —nos encanta convocar, llenar espacios y ver gente reunida—, pero no siempre sabemos detenernos para revisar si aquello que hacemos con tanto esfuerzo sigue respirando por los motivos correctos.
Hoy tenemos más herramientas que nunca. Mejores medios, mejor sonido, mejores pantallas, mejores formas de comunicarnos, más recursos, más estrategias, más libros, más cursos, más plataformas y más posibilidades para hacer las cosas; y me refiero a todo, especialmente a la iglesia.
Y todo eso puede servir, claro que sí. Sería ingenuo despreciarlo. El problema no está en las herramientas, como tampoco el problema está en las velas de un barco o en los electrodomésticos de una casa. El problema empieza cuando las herramientas nos convencen de que ya no necesitamos depender de aquello que no se puede fabricar.
Los aparatos de una casa pueden estar bien diseñados y listos para funcionar, pero si no reciben energía, no sirven para aquello para lo que fueron hechos. Una lámpara puede ser hermosa, moderna, costosa, colocada en el lugar perfecto; pero si no está conectada a la corriente, solo adorna la oscuridad. Y, sin siquiera pensarlo, corremos ese mismo riesgo; adornar la oscuridad con formas correctas, discursos adecuados y ambientes bien cuidados, mientras seguimos sin luz por dentro.
La imagen de un automóvil lo explica con más crudeza. Un carro puede tener motor, llantas, volante, tanque lleno y una batería con suficiente carga. Todo parece estar en orden. Pero si los cables están flojos o las terminales están cubiertas de sarro, no encenderá. El problema no está en la batería; la batería tiene poder. El problema está en la conexión. Creo que allí está el meollo del asunto.
Y cuando miramos al pasado, a quienes nos antecedieron, a la iglesia de los primeros siglos o a los reformadores que encendieron una hoguera en el siglo XVI, la pregunta se vuelve seria: ¿qué tenemos hoy que ellos no tuvieron, y qué tuvieron ellos que nosotros a veces hemos dejado de buscar? Nosotros tenemos más recursos, pero quizá menos dependencia del Espíritu Santo. Tenemos mejores medios, pero menos conciencia de nuestra fragilidad. Tenemos más capacidad de producir, pero no siempre más disposición para rendirnos y humillarnos. Tenemos más velocidad para hacer las cosas, pero no necesariamente más dirección bíblica. Tenemos más actividad, pero no siempre más vida.
Si hablamos de la iglesia, de nuestras familias y de nuestra vida interior, tal vez no nos falte poder; quizá nos sobra autosuficiencia. No es que la fuente se haya agotado, pues el Espíritu Santo está presente; es que nuestra conexión con Él se ha deteriorado. Hay cables flojos en el alma. Hay sarro en las terminales de la vida interior: orgullo, rutina, cansancio, oración descuidada, confianza excesiva en nuestros propios recursos, agendas llenas y corazones distraídos. Escuchamos mensajes con palabras correctas y canciones hermosas, pero ya no doblamos las rodillas.
Entonces seguimos empujando el auto como si el problema fuera de fuerza humana, cuando en realidad es de contacto: contacto con el Espíritu Santo y su Palabra.
Por eso escribo esto con resolución, pero también con una espada de Damocles sobre mi propia conciencia, porque yo mismo me siento sentado en la silla del juicio de Dios, confrontado por una pregunta que no puedo lanzar hacia afuera sin que primero me atraviese por dentro: ¿cómo está mi propia conexión con Él?
He escrito aquí por semanas, cada martes intento decir algo en este espacio —cosa que disfruto y valoro profundamente—, pero hoy he despertado con una convicción sencilla: antes de pedir más movimiento, necesitamos más rendición; antes de pedir más visibilidad, necesitamos más profundidad; antes de pedir más influencia, necesitamos más obediencia.
Y si quien lee ahora es parte de una congregación, de una comunidad de creyentes o de una familia que intenta caminar en la fe, quiero recordarle algo: una iglesia viva no es necesariamente la más famosa, ni la más numerosa, ni la más intensa, ni la más visible en redes sociales. Es aquella que conserva el centro, y el centro, sin duda y siempre, es Jesucristo. Es la que no se enamora de su propio movimiento, de su propio nombre o de su denominación. La que no confunde emoción con profundidad ni producción con fruto. La que sabe que no todo lo que brilla alumbra, y no todo lo que suena respira.
Puede reunirse en un edificio grande o en una casa pequeña; puede tener muchos recursos o muy pocos; puede cantar con banda completa o con una guitarra apenas afinada, sobreviviendo heroicamente entre tres acordes, una cejilla mal puesta y mucha misericordia —de Dios y de los presentes—. Pero si hay vida, algo se va a notar. Sin duda, se va a notar.
Aunque no siempre se nota de manera espectacular. No siempre llega con estruendo, terremotos o éxtasis emocionales. A veces se nota en la perseverancia en la Palabra, en el perdón unos a otros, en la humildad y mansedumbre para corregirnos y aceptarnos sin con nuestros defectos, en la capacidad de permanecer cuando sería más fácil retirarse, en la valentía tranquila de decir la verdad sin convertirla en arma para lastimar, en la disposición de servir sin aplausos, en la fidelidad silenciosa que no hace mucho ruido, pero evita que una casa se venga abajo.
Necesitamos recuperar el valor de lo invisible: el viento que no se ve, pero mueve el barco; la savia que no hace ruido, pero sostiene la rama; el fuego que puede empezar como una chispa, pero cambia la temperatura de todo el cuarto; la corriente que no se presume, pero da luz a la casa; la conexión privada que no suele estar a la vista, pero sin la cual el motor no arranca.
Que no seamos barcos hermosos detenidos en medio del agua.
Que no seamos carbones bien acomodados, pero sin fuego.
Que no tengamos palabras correctas y corazones fríos.
Que no llenemos reuniones mientras vaciamos el alma.
Que vuelva a soplar el viento. No para hacernos famosos, sino fieles. No para hacernos más ruidosos, sino más verdaderos. No para que nuestro nombre sea grande, sino para que aquello que es eterno vuelva a ser visto, amado y anunciado en medio de una generación cansada de apariencias.
Porque donde hay viento, el barco avanza.
Y si no lo he dicho con suficiente claridad, estoy hablando del Espíritu Santo en nuestras vidas, familias y congregaciones.
Y donde hay vida del Espíritu Santo, tarde o temprano, hasta los que parecen dormidos, abandonados o muertos, serán despertados, atraídos y vivificados.
“Por que el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad.”
—2 Corintios 3:17


