Hace unas semanas escuché el mensaje de un predicador muy conocido y muy popular. No voy a mencionar su nombre, porque no quiero convertir esta reflexión en una respuesta personal; ese no es el punto. Pero sí creo que algunas afirmaciones deben examinarse con cuidado, porque las ideas son como las semillas, no se quedan donde caen, con el tiempo crecen, y terminan siendo aceptadas sin mayor objeción, sobre todo cuando vienen envueltas en emoción, buena retórica y una aparente profundidad espiritual.
El mensaje llevaba un título muy provocador: “Jesús ya no anda en burro”
Y solo con leer el título entiendo la intención; incluso, en parte, la comparto. Es verdad que Cristo no debe reducirse a una imagen anticuada, sentimental o meramente religiosa. No adoramos un recuerdo congelado en una escena de Semana Santa. No creemos en un Jesús domesticado por la tradición, colgado en una pared, guardado en una vitrina, convertido en una figura tierna para ilustrar sermones ni en su cruz como un símbolo para decorar fachadas de iglesias.
Cristo vive. Cristo reina. Cristo fue exaltado. Cristo es cabeza de la Iglesia.
Hasta ahí, yo digo amén.
El problema comienza cuando, para exaltar al Cristo vivo, se empieza a disminuir al Jesús de los Evangelios. Y algunas frases de este mensaje en particular me parecieron preocupantes precisamente por eso.
Una dice, en esencia, que “conocer al Jesús del burrito no es conocer a Cristo”. Otra afirma que “los Evangelios son apenas el punto de partida para una relación viva con el Señor”. También se sostiene que “Pablo nunca presentó al Cristo de los cuatro Evangelios”. Y en algún momento se dice una frase todavía más delicada: “el Cristo crucificado no enciende el motor”.
Son frases fuertes. Tienen filo. Suenan disruptivas. Tienen brillo. Pero, como dirían los abuelos: no todo lo que brilla es oro; a veces, solo encandila.
La cosa se vuelve más delicada cuando se escucha, en labios de este predicador —o comunicador, como él mismo se hace llamar—, que “el Jesús de los Evangelios es una etapa inferior, incompleta, casi infantil, frente al Cristo que predicó Pablo”. Eso ya no es solo una frase creativa. Una cosa es decir que no debemos quedarnos con una imagen muerta, cultural o superficial de Jesús; y otra muy distinta es tocar el corazón mismo de la fe cristiana, atreviéndose a minimizar y tildar de infantil la esencia de los Evangelios, solo para parecer relevante.
Pareciera que, con intención o sin ella, se nos presentan dos “Cristos” en franca confrontación.
Pero la Iglesia no cree en dos Cristos.
No tenemos, por un lado, al Jesús histórico —judío, humilde, encarnado, caminando entre pescadores, llorando frente a la tumba de un amigo, comiendo con pecadores, tocando leprosos, entrando a Jerusalén sobre un burrito, muriendo bajo el poder de Poncio Pilato— y, por otro, al Cristo espiritual de Pablo: glorioso, elevado, celestial, desligado de su historia.
No. El Cristo que Pablo predicó es el mismo Jesús que narran los Evangelios. No es que Pablo tenga otro Cristo; es que predica al mismo Jesús a la luz de la cruz, la resurrección, la exaltación y la revelación apostólica.
Pablo no superó a los Evangelios, como insiste ese popular predicador. No corrigió a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. No vino a decirnos: “Olviden al Jesús que caminó en Galilea; ahora les mostraré al Cristo verdadero”. Pablo predicó al mismo Hijo de Dios que vino en carne, murió en la cruz por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a más de quinientos testigos (1 Corintios 15:3-6).
No habló de una energía, de una idea espiritual, ni de una experiencia interior desconectada del tiempo y el espacio. Habló de hechos: Cristo murió, fue sepultado, resucitó, apareció. Son verbos históricos. Son acontecimientos concretos. La fe cristiana no se sostiene sobre una metáfora bonita, sino sobre un sepulcro vacío y un Señor vivo que antes tuvo clavos en las manos.
No es misticismo sin historia. Es historia atravesada por la gloria de la encarnación, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús.
Por eso, decir que “el Cristo crucificado no enciende el motor” puede sonar atractivo si uno quiere atacar una religiosidad muerta o un cristianismo pasivo. Pero, dicho sin cuidado, termina chocando contra el propio Pablo. Porque fue Pablo quien escribió:
“Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado” —1 Corintios 2:2.
Y también dijo:
“Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” —Gálatas 6:14.
Pablo no predicó un Cristo resucitado en contra del Cristo crucificado. Predicó al Crucificado que resucitó.
La cruz no es una etapa vieja que el cristiano maduro deja atrás. No es una imagen religiosa que ya no sirve para encender el alma. La cruz es el lugar donde Dios avergonzó la sabiduría del mundo; es el trono extraño desde donde Cristo venció.
Por cierto, en el mensaje al que me refiero, el “comunicador” afirma, desde su púlpito —o debería decir desde su gran escenario—, que él solo cree en el Cristo que vio Juan en el Apocalipsis: con ojos de fuego, cabello blanco y una espada saliendo de su boca. Pero olvida —o quizá no le conviene mencionarlo dentro de la línea de su mensaje— que ese mismo Juan también contempló —y describe en el mismo libro de Apocalipsis— a Jesucristo adorado por millones de ángeles, y que, al verlo en medio del trono, lo vio como un Cordero inmolado.
La cruz es el altar donde el Cordero fue ofrecido. Y cuando Juan contempla al Cristo glorificado en su visión de la isla de Patmos, ciertamente lo ve como alguien terrible, majestuoso y poderoso; pero también lo ve como el Cordero que no oculta sus heridas. El Cristo exaltado no deja atrás la cruz: reina llevando en su gloria las marcas de su sacrificio.
También hay que tener cuidado con otra frase que se atreve a decir: “los Evangelios son apenas el punto de partida”. Puede ser cierta, si se entiende bien. Los Evangelios no agotan todo lo que el Nuevo Testamento revela sobre Cristo. Después vienen el libro de Hechos, las epístolas, Apocalipsis, la vida de la Iglesia, la obra del Espíritu, la expansión del evangelio. En ese sentido, sí: los Evangelios abren la puerta.
Pero si con esa frase se quiere decir que los Evangelios presentan una versión básica, inferior o incompleta de Cristo, estamos ante un error profundamente serio, que raya en lo herético.
Mateo termina con el Cristo resucitado diciendo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”. Marcos anuncia al Hijo de Dios que inaugura el reino. Lucas muestra al Señor que asciende y luego continúa su obra por medio del Espíritu en Hechos. Juan escribe para que creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengamos vida en su nombre.
Es muy peligroso decir que el Jesús de los Evangelios es un Cristo menor. Los Evangelios no son una colección de recuerdos tiernos sobre un maestro judío; son alta cristología con polvo de eternidad en sus páginas. Son el testimonio apostólico del Hijo eterno hecho carne, crucificado y resucitado. Nos muestran al Verbo entrando en nuestra historia, no para quedar atrapado en ella, sino para redimirla y a sus escogidos junto con ella.
Por eso también es peligrosa la insistencia en que Pablo “nunca presentó al Cristo de los cuatro Evangelios”. Esa frase, dicha así, es demasiado absoluta y bíblicamente insostenible.
Pablo sí conoce al Jesús histórico. Habla de Cristo como nacido de mujer y nacido bajo la ley. Habla de su linaje según la carne, descendiente de David. Transmite la institución de la Cena del Señor diciendo: “La noche que fue entregado, tomó pan”. Cuando enseña sobre el matrimonio, distingue entre su consejo apostólico y el mandamiento del Señor. Pablo no predica a un Cristo sin biografía humana, sin pueblo, sin cuerpo, y mucho menos sin cruz.
En definitiva: Pablo no tiene un Cristo separado de los Evangelios.
Conviene recordar algo que la Iglesia ya enfrentó hace muchos siglos. Un hombre llamado Marción, en el siglo II, quiso separar lo que Dios había unido: rechazó el Antiguo Testamento, recortó el Evangelio de Lucas y tomó las cartas de Pablo como llave para liberar al cristianismo de sus raíces judías. Tomó tijeras y cortó la Biblia. La Iglesia antigua le respondió afirmando la unidad de la revelación y estableciendo un solo canon.
No hay un Dios contra otro Dios, ni un Antiguo Testamento contra un Nuevo Testamento, ni un Jesús histórico contra un Cristo espiritual, ni un Pablo contra los Evangelios. Hay una sola historia de redención, un solo evangelio, una sola fe apostólica y un solo Señor.
No me atrevo a decir que se están tomando tijeras. Pero cuando alguien dobla la página de los Evangelios, como si Pablo estuviera en una sección más avanzada, se hace el mismo gesto básico de Marción: separar lo que el canon mantiene unido. No hace falta repetir todo su sistema para caer en su error; basta con poner al Jesús de los Evangelios en tensión con el Cristo predicado por Pablo.
Y hay que ser justos: no todo predicador que formula mal una frase es marcionita; eso sería una acusación grave e imprecisa. Pero sí hay ideas hoy con tintes marcionizantes. Pero lo que si es preponderante afirmar es que, en la Biblia, los Evangelios no son el patio de primaria de la cristología. Son el retrato apostólico del mismo Señor que Pablo predicó hasta gastarse la vida.
El Cristo de Pablo no reemplaza al Jesús de los Evangelios. Lo revela en toda su profundidad.
Los Evangelios nos muestran sus pasos en el polvo. Pablo nos muestra el alcance cósmico de esos pasos. Los Evangelios nos llevan a Galilea, a Betania, a Getsemaní y al Gólgota. Pablo nos dice que en esa cruz Dios estaba reconciliando consigo al mundo. Los Evangelios nos dejan verlo sentado a la mesa con pecadores. Pablo nos dice que en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.
No son dos Cristos. Es la continuidad gloriosa del mismo Señor.
Por eso considero que es importante aprender a escuchar con más cuidado. Hoy muchas frases se vuelven virales porque suenan bien, porque emocionan, porque parecen romper moldes, porque tienen esa especie de rebeldía espiritual que nos hace sentir que acabamos de descubrir algo que la Iglesia no había entendido en dos mil años. Pero no toda frase que emociona edifica. No todo sermón que sacude al “religiosísimo” corrige de verdad. No todo mensaje que parece profundo tiene correcta interpretación.
A veces una frase, un mensaje, un sermón, suena a revelación o a innovación, pero es solo una exageración sin freno hermenéutico.
Y eso es peligroso, porque las palabras forman la fe. De la misma manera que una mentira repetida muchas veces termina aceptándose como verdad, una mala frase en el púlpito, repetida muchas veces, puede terminar convirtiéndose en mala doctrina. Y una mala doctrina, cuando se canta, se predica y se celebra, puede formar a toda una generación con una imagen torcida de Cristo.
Y luego de haber dicho lo dicho, quiero afirmar: No necesitamos escoger entre el Jesús que entró en Jerusalén sobre un burro y el Cristo que reina sobre principados y potestades.
¡Es el mismo!
Si bien es cierto que Jesús ya no está físicamente montado sobre un burro, sigue siendo el Rey humilde que decidió un día hacerlo así. Ya no camina por Galilea como caminó entonces, es verdad. Pero sigue siendo el mismo que llamó a pescadores, reprendió religiosos, lloró con los quebrantados, perdonó pecadores y puso su rostro como pedernal rumbo al Calvario.
Ya no está colgado en la cruz, es verdad, pero no podemos entenderlo sin la cruz. Ya no está en el sepulcro, es verdad, pero no podemos predicarlo sin el sepulcro vacío. Ya está exaltado en lo más alto, es verdad, pero no podemos separarlo de su encarnación. Ya reina en gloria, es verdad, pero sigue siendo Jesús: El Verbo hecho carne. El Hijo de David. El Cordero de Dios. El Siervo sufriente. El Crucificado. El Resucitado. El Señor exaltado. El que intercede por nosotros. El que volverá en gloria.
Ese es el Cristo de los Evangelios. Ese es el Cristo de Pablo. Ese es el Cristo de la Iglesia. Y la Iglesia no necesita un Cristo recortado, subjetivo o amoldado a nosotros.
Necesita al Cristo entero.
Al Cristo que nació, que caminó, que lloró, que sangró, que murió, que resucitó, que reina y que volverá de nuevo a la tierra.
Para terminar, quiero hacer un llamado que considero más que necesario: volvamos a escuchar con discernimiento. No con sospecha constante, pero sí con sobriedad bíblica. No con espíritu de crítica, pero sí con amor por la verdad. No tragándonos frases solo porque suenan bonitas, creativas y simpáticas.
La Escritura debe pesar más que la emoción, más que el impacto retórico. La verdad debe pesar más que la viralidad o la simpatía del predicador.
Si perdemos eso, no habremos encontrado una revelación más alta. Solo habremos cambiado al Señor de la Escritura por una idea más cómoda, más moderna o más emocionante.
Cuidado con los pico de oro: la elocuencia puede sonar a revelación cuando solo es talento dialéctico, y un buen orador puede hacernos confundir su propio brillo con la verdad.
Que quede claro:
No hay dos Cristos.
Hay un solo Señor.
Y ante Él, no doblamos la página de los Evangelios.
Doblamos nuestras rodillas.
“Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” —Filipenses 2:9-11



Alex, este post no se siente como una discusión teológica; se siente como una alarma de incendio.
Porque quizá uno de nuestros mayores problemas no es que la gente haya dejado de hablar de Jesús, sino que hemos aprendido a fabricar versiones de Él que nos resulten más cómodas, modernas y —Dios nos libre— más marketeables.
Y ahí está la urgencia: volver a conocer al Jesús de la Biblia. Al completo. Sin Photoshop teológico. Sin quitarle la cruz porque incomoda, ni el burrito porque parece poco espectacular, ni la gloria porque nos queda demasiado grande.
El Jesús que caminó entre nosotros es el mismo Cristo que reina.
No necesitamos uno nuevo.
Necesitamos dejar de inventarlo y volver a conocerlo.
Gran texto, hermano.
Debemos tener en cuenta que Dios enseña primero, eso hizo con el pueblo judío de una forma violenta pero es el Dios de justicia, hubo un Jesús terrenal el cual vino a enseñar con amor, gracia y paz... Aprendimos algo? Muy poco, cada uno interpreta sus palabras como mejor le va, con Dios Padre pasó lo mismo solo que ahora en Jesús enseño en paz, con amor luego tenemos al Cristo resucitado un Cristo a la diestra del Padre, ya no enseñando a ser humildes, a conformarnos con lo que tenemos y en la falta confiar en Dios proveedor cosa que muy pocos logran pasar, cuando Jesús fue enfrentado en el desierto sus tres pruebas descritas en la Biblia son las mismas que hoy tenemos nosotros y nadie las prédica ni las ve, solo ven a alguien que rechazó esas pruebas con palabras del Padre...