La disciplina que nadie mira
Lo que Hugo Sánchez puede enseñarnos sobre la perseverancia
No soy fanático del fútbol. La verdad es que nunca he seguido con constancia a un equipo ni a una de las muchas ligas que hoy llenan las pantallas, las conversaciones y los titulares. Sin embargo, eso no significa que no disfrute una buena final o que permanezca indiferente cuando llega un Mundial.
Hay algo especial en estos eventos. Durante unas semanas, millones de personas detienen su rutina para mirar el balón rodar. Pero, más allá de los goles, siempre me han parecido interesantes las historias humanas que aparecen detrás del deporte.
Y aquí estamos otra vez, inmersos en el ambiente de la Copa Mundial de 2026.
Entre tantos nombres y recuerdos, viene a mi mente un futbolista que marcó a toda una generación de mexicanos: Hugo Sánchez.
Probablemente sea —y al menos para mí lo es— el jugador más importante que ha dado nuestro país. Sus cinco trofeos Pichichi, sus años como estrella en el Real Madrid y sus espectaculares goles de chilena lo convirtieron en una figura difícil de igualar. Sin embargo, lo más valioso de su historia quizá no sean los goles que todos recuerdan, sino algo mucho más invisible.
Su disciplina.
Todos recuerdan las jugadas de chilena perfectas que ejecutaba Hugo Sánchez, pero pocos saben las miles de repeticiones que tuvo que practicar para poder realizarlas.
Según relatan quienes siguieron de cerca su carrera, Hugo acostumbraba quedarse practicando cuando todos los demás ya habían terminado y se habían ido a sus casas. Desde muy joven había desarrollado una determinación poco común. Su meta no era simplemente jugar bien; quería llegar tan lejos como fuera posible.
Mientras muchos se conformaban con el talento que poseían, él entendió que el talento, por sí solo, rara vez es suficiente.
Las chilenas —también conocidas como goles de tijera— que más tarde provocarían alaridos entre los aficionados, haciéndolos levantarse de sus asientos en los estadios, no nacieron en una noche fortuita de inspiración. Fueron el resultado de miles de intentos, errores, caídas y repeticiones.
Lo que parecía espontáneo había sido cuidadosamente cultivado durante años.
Los grandes deportistas suelen ser recordados por momentos extraordinarios, pero casi siempre fueron formados por hábitos ordinarios que los llevaron a la excelencia.
Hay una frase frecuentemente atribuida a Aristóteles que resume bien esta idea:
“Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito”.
La idea es clara: la excelencia rara vez aparece de forma repentina. Normalmente llega disfrazada de rutina.
Y es aquí donde pido una disculpa anticipada, pero no puedo evitar echar una mirada a nuestro alrededor y observar uno de los problemas de nuestra generación.
Vivimos fascinados por los resultados, pero somos impacientes con los procesos.
Tenemos mente de microondas: queremos que el guiso se caliente rápido. Queremos el ascenso, pero no siempre el esfuerzo que significa alcanzarlo. Queremos la cosecha, pero nos desespera la siembra y, todavía más, tener que esperar cuando no vemos nada brotar de la tierra.
Queremos escribir un libro, esperando que la musa nos sople, pero no sentarnos cada día frente a una página en blanco, luchando por buscar y practicar para encontrar las palabras correctas.
Queremos una fe madura, pero no cultivar una vida constante le lectura bíblica, de oración y obediencia.
Queremos los frutos de la perseverancia sin atravesar las estaciones frías, calurosas, secas o lluviosas que la producen.
Las redes sociales han intensificado esa ilusión —sí, tengo cierta aversión hacia el uso de las redes sociales, a pesar de estar usando una ahora mismo—. Y es que nos muestran el momento de la victoria, el rostro de lo terminado y cuidadosamente adornado, pero rara vez los años que lo precedieron.
Vemos el resultado terminado, pero no el trabajo silencioso que lo construyó. Y lo peor es que muchas veces alimentan la ilusión de la ley del menor esfuerzo.
Nos gusta el aplauso, pero nos incomoda la repetición.
Sin embargo, la vida, desde el principio de su historia, sigue funcionando como siempre ha funcionado.
Las cosas valiosas suelen crecer despacio.
Un matrimonio sólido se construye durante años.
Un buen carácter se forma decisión tras decisión.
Una vocación madura requiere constancia y determinación.
Una vida de fe necesita perseverancia.
Y esa es la razón por la que la Escritura habla con tanta frecuencia sobre permanecer:
“No nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos”. — Gálatas 6:9
Me llama la atención que Pablo no diga simplemente que segaremos. Antes reconoce algo que todos conocemos muy bien: el cansancio.
Sí, el cansancio llega.
Llega cuando los resultados tardan demasiado. Llega cuando el esfuerzo parece no dar resultado. Llega cuando sentimos que avanzamos muy poco en cada paso. Llega cuando otros nos abandonan mientras nosotros seguimos caminando.
La Biblia no ignora esa realidad; por eso nos llama a perseverar.
De manera similar, el libro de Proverbios declara:
“El alma del perezoso desea, pero nada consigue, mas el alma de los diligentes queda satisfecha”. — Proverbios 13:4
Si te das cuenta, entonces, la diferencia no está en los deseos.
Todos deseamos cosas y todos tenemos sueños.
La diferencia aparece en la diligencia diaria, en esas pequeñas decisiones, esos pequeños hábitos y esas prácticas constantes que nadie ve y que rara vez recibirán reconocimiento.
Con los años he descubierto que la disciplina nunca se siente heroica. Normalmente se parece a hacer hoy lo que también hubo que hacer ayer, y por eso cuesta tanto mantenerla.
Levantarse temprano cuando no hay ganas.
Seguir estudiando cuando el progreso parece lento.
Hacer ejercicio cuando es más cómodo quedarse en el sofá.
Continuar escribiendo cuando la inspiración no llega.
Trabajar con excelencia cuando nadie está observando.
Orar cuando las emociones no están a flor de piel.
Permanecer fiel cuando sería más fácil abandonarlo todo.
Si te das cuenta, la disciplina y la perseverancia no tienen la espectacularidad de una chilena frente a un estadio lleno.
Pero eso era precisamente lo que hacía posibles esos movimientos aéreos que, al impactar el balón en la red, provocaban que la multitud gritara mientras Hugo Sánchez corría buscando espacio para dar una voltereta en el aire y luego aterrizar levantando un puño. Acrobacia que, por cierto, también debió practicar infinidad de veces para lograrlo.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza detrás de la historia de Hugo Sánchez.
No solamente que llegó a convertirse en uno de los mejores futbolistas de su generación, sino que entendió algo que sirve dentro y fuera de cualquier cancha: Los grandes momentos suelen ser hijos de pequeñas decisiones repetidas durante años.
Todos tenemos nuestras propias chilenas invisibles.
Esas tareas pequeñas que nadie ve y que nadie aplaude.
Esas responsabilidades que debemos cumplir aunque parezcan repetitivas.
Esos esfuerzos del día a día cuyos resultados todavía no podemos ver.
Sin embargo, son precisamente esas acciones silenciosas las que terminan moldeando una vida, una familia, una vocación y una fe.
El talento puede abrir una puerta, pero la perseverancia es la que nos permite atravesarla.
Quizá hoy nadie te esté mirando. Quizá no haya un estadio lleno ni una multitud pronunciando tu nombre. Quizá solo haya una cancha vacía, cansancio y una tarea que debemos repetir una vez más.
Pero, por favor, no te rindas.
Cuando arrecie la tormenta, permanece. Cuando los resultados no aparezcan, vuelve a intentarlo. Cuando nadie reconozca tu esfuerzo, sigue haciendo con fidelidad aquello que te corresponde.
La recompensa llegará a su tiempo, porque ningún esfuerzo sembrado con perseverancia y fe es en vano. Tarde o temprano, la semilla terminará abriéndose paso entre la tierra y dará su fruto.
De eso puedes estar seguro.



Excelente escrito. Soy futbolista y ando luchando por mi sueño de ser futbolsta profesional, se que es morir a muchas cosas por aferrase a este sueño a través de una disciplina inquebrantable. Es difiicl muchas veces entrenarse, hacer tantas repeticiones sin ver el resultado que se quiere, pero como dice al final "la recompensa llegará a su tiempo" no se si sea en el fútbol profesional, ojalá, pero tarde que temprano todas esas personas que hemos sido disciplinados sin aplausos veremos la recompensa. Gracias por haber escrito sobre la disciplina que pocos ven.