Fe que sale de las sombras
Confesar a Cristo en la hora decisiva
Hace un par de años, antes de la final de la Eurocopa 2024, un periodista se declaró ateo delante de Luis de la Fuente, director técnico de la selección española, y le preguntó qué lugar podían ocupar Dios y la fe en un partido que exigía concentración, preparación y entrega absoluta.
De la Fuente no respondió con arrogancia, no evadió la pregunta ni se avergonzó de sus convicciones. Tampoco intentó convertir una rueda de prensa en un púlpito improvisado. Reconoció el derecho del periodista a no creer, pero defendió con la misma claridad su propio derecho a hacerlo. La esencia de su respuesta podría resumirse en estas palabras:
“Mis experiencias me invitan a creer en Dios y me aportan mucha seguridad y mucha fortaleza”.
Dos años después, tras verlo conducir a España hasta el campeonato mundial de 2026, aquella escena volvió a circular en las redes sociales. No porque la victoria demostrara que Dios favorece a una selección sobre otra —definitivamente, la fe cristiana no es una fórmula para ganar partidos—, sino porque, cuando tuvo delante una pregunta incómoda, aquel hombre no escondió lo que daba sentido, dirección y fortaleza a su vida.
Ya en otra entrevista había resumido su convicción con una frase sencilla, pero contundente:
“Hay no una, sino mil razones para creer en Dios. Sin Dios, nada en la vida tiene sentido”.
Mientras lo escuchaba, pensé en otro hombre que también tuvo que decidir si permitiría que su fe permaneciera escondida o si, llegado el momento, daría un paso al frente sin reparar en el costo.
Se llamaba José de Arimatea.
Los Evangelios no nos cuentan demasiado sobre él, pero lo poco que dicen resulta suficiente. Era un hombre rico, miembro notable del Consejo, bueno y justo. Esperaba el Reino de Dios y no había consentido en la decisión tomada contra Jesús. Juan, en su evangelio, añade un detalle menos decoroso, pero profundamente humano: era discípulo del Maestro en secreto (Juan 19:38).
Mientras Jesús recorría las aldeas haciendo milagros, José permaneció oculto.
Cuando las multitudes se amontonaban para escuchar sus enseñanzas, José apenas aparecía.
Cuando los enfermos eran sanados, los panes se multiplicaban y la gente quería hacer rey a Jesús, José permanecía en las sombras.
Tal vez admiraba al Maestro desde lejos. Quizá repasaba sus palabras durante las reuniones del Consejo y comparaba en silencio lo que escuchaba con las Escrituras. Creía, pero tenía miedo. Amaba a Jesús, pero calculaba el costo de hacerlo público.
Y digámoslo sin intentar romantizarlo. José no estaba escondido porque fuera más humilde que los demás, sino porque sabía lo que podía perder: posición, respeto, relaciones, influencia y quizá mucho más.
Sin embargo, llegó el día de la confrontación.
Jesús había sido crucificado. Los discípulos se dispersaron. Las multitudes desaparecieron. Los milagros parecían pertenecer a un pasado remoto y el cuerpo del Maestro colgaba inerte, marcado por la violencia y el odio. Ya no quedaba ninguna ventaja social en identificarse con él. Jesús no parecía el futuro de un movimiento victorioso, sino el líder derrotado de una causa terminada.
Y fue precisamente entonces cuando José salió de las sombras.
Marcos dice que se armó de valor y entró ante Pilato para pedir el cuerpo de Jesús. No esperó a la resurrección. No aguardó hasta comprobar que todo terminaría bien. Se presentó cuando el nombre de Cristo estaba cubierto de vergüenza pública y cuando asociarse con él podía despertar sospechas.
La fe de José de Arimatea fue secreta durante un tiempo, pero no permaneció secreta para siempre. Llegó una hora en que amar a Cristo exigía hacerse visible.
José pidió el cuerpo, lo bajó de la cruz y, junto con Nicodemo, le dio una sepultura digna. Cedió un sepulcro nuevo, excavado en la roca, y puso al servicio del Maestro no solo sus recursos, sino también su nombre y su reputación.
Parece que hizo poco. No predicó ante multitudes, no escribió una epístola, no dirigió una iglesia ni realizó milagros. Simplemente apareció en el momento exacto e hizo lo que nadie más estaba dispuesto a hacer. Demostrando así que hay acciones pequeñas que, por ocurrir en la hora precisa, terminan brillando más que muchos discursos.
José de Arimatea fue un hombre preparado silenciosamente por la providencia. Mientras todos huían, él permaneció. Mientras otros protegían su vida, él arriesgó su posición. Mientras muchos habían seguido a Jesús cuando realizaba señales, sanaba enfermos y pronunciaba grandes sermones, José lo honró cuando solo tenía delante un cuerpo sin vida y una promesa que todavía no podía ver cumplida.
También hoy existen discípulos así.
No siempre ocupan el escenario de una iglesia. Sus nombres rara vez aparecen en los programas. No son pastores, ancianos, diáconos ni cantantes. Algunos ni siquiera hablan con soltura de teología, pero conocen al Señor, aman su Palabra y han aprendido a permanecer firmes cuando la fe deja de ser cómoda.
Ahí está el empleado que se niega a participar en una operación deshonesta, aunque su decisión pueda cerrarle la puerta de un ascenso.
La estudiante que no oculta su fe en la Biblia cuando sus compañeros se burlan de ella y la consideran anticuada o anacrónica.
El médico que atiende con excelencia y que, cuando el paciente lo permite, ofrece también una palabra de esperanza y una oración.
El servidor público que defiende la dignidad de la vida y de la familia, aun cuando su postura resulte impopular frente a la presión de la cultura woke de nuestra época.
El creyente común que visita al enfermo, acompaña al que atraviesa una pérdida, sostiene a una familia en crisis y habla de Cristo cuando nadie está mirando ni aplaudiendo.
Algo parecido ocurrió durante el espectáculo de medio tiempo de la final del Mundial de 2026. En medio de un escenario rodeado de luces, celebridades, publicidad y millones de espectadores, el famoso cantante Justin Bieber apareció acompañado apenas por una guitarra e interpretó Everything Hallelujah.
No hace falta convertir aquella presentación en algo que quizá no pretendió ser. Basta detenernos en la imagen: en medio del bullicio, apareció una palabra antigua, repetida una y otra vez:
Aleluya: Alaben al Señor.
Tal vez, durante unos minutos, aquella palabra atravesó lugares a los que un sermón jamás habría llegado. Quizá algunos la escucharon como una canción más. Otros, posiblemente, fueron movidos a recordar que todavía existe un Nombre digno de alabanza, mucho más grande e importante que cualquier espectáculo, trofeo o victoria humana.
Sea como sea, la valentía cristiana no consiste solamente en denunciar lo malo. También consiste en servir, resistir, confesar, acompañar y permanecer. Consiste en estar dispuestos a salir de las sombras para reconocer, sin vergüenza ni titubeos, nuestra fe en Jesucristo.
Tal como escribió el apóstol Pedro:
“Sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” —1 Pedro 3:15
La fe verdadera no necesita ser estridente, pero tampoco puede permanecer escondida para siempre. Cuando llega la hora decisiva, sabe presentarse, dar razón de su esperanza y permanecer firme.
José de Arimatea no pidió el cuerpo de Jesús después de la resurrección, cuando ya era evidente que Cristo había vencido. Lo pidió cuando Jesús todavía colgaba de la cruz, cuando todo parecía terminado. Se identificó con él cuando hacerlo no le ofrecía prestigio, seguridad ni recompensa visible.
Por eso, la pregunta no es cuánto ruido hace nuestra fe dentro de nuestros templos, rodeados de personas que creen lo mismo que nosotros. La pregunta es si estaremos dispuestos a hacerla visible ante los demás, incluso ante aquellos que nos pidan una respuesta, como aquel periodista ateo se la pidió a Luis de la Fuente, cuando amar a Cristo comience a costarnos algo.
Hay una hora para permanecer en silencio, aprender y esperar. Pero también llega una hora en que el silencio puede convertirse en cobardía.
Cuando llegue esa hora, que el miedo no nos encuentre escondidos.
Que nos encuentre de pie y preparados para responder, para dar razón de nuestra esperanza.



Gloria a Dios Amén y Amén
Muy bueno tú comentario te felicito por la forma de tú escritura