El Que Escucha
No buscamos respuestas: buscamos ser escuchados
Dicen que uno no escoge los libros, sino que son los libros los que lo escogen a uno. Eso es cierto. Me ha pasado a mí más de una vez.
Hace no mucho ocurrió, cuando visité un bazar de libros usados. Entre los estantes llenos de ejemplares desacomodados llenándose de polvo, y muchos despegándose de sus cubiertas por el paso del tiempo, me encontré con una novela de una de mis autoras favoritas. No estaba ahí buscándola. El libro simplemente me llamó.
Como acostumbro, leí la contraportada, luego la introducción, y el click fue inmediato, parecía que alguien hubiera puesto en palabras algo que llevaba tiempo tratando de entender sin saber explicarlo.
El libro que me encontró fue: El que escucha, de Taylor Caldwell.
Como ya dije, es una novela. No es un libro teológico. No habla sobre doctrinas ni pretende establecer conceptos. Hace algo diferente, más directo, más humano: observa al hombre para luego describir, con una precisión multifacética, una de las más grandes necesidades sin que el hombre mismo se dé cuenta de ello.
En uno de sus pasajes dice:
“La necesidad más desesperada de los hombres hoy en día no es la de una nueva vacuna…, o la de una nueva religión o una nueva forma de vida. Su verdadera necesidad, la más terrible, es que alguien lo escuche. Y no como paciente, sino como alma humana.”
Cuando lo lees, algo dentro de uno asiente invariablemente.
Porque hay muchas cosas que creemos necesitar, pero si uno es honesto, gran parte de la vida gira alrededor de algo más simple: encontrar a alguien que realmente nos escuche.
Alguien sin prisa. Sin que nos interrumpa. Sin esa urgencia de responder antes de haber entendido. Alguien que no esté esperando su turno para hablar, sino que esté dispuesto a quedarse con nosotros hasta que terminemos.
Y sin embargo, mientras más lo buscamos, más parece escaparse.
Uno de los problemas es que aprendimos a hablar, pero no a escuchar; y cuando hablamos tendemos a no decir lo importante. Aprendimos a convivir, pero no a ser escuchados. Y con el tiempo, uno se acostumbra a funcionar con esa sensación escondida —por no decir ignorada— de si habrá realmente quien nos entienda realmente del todo.
Y eso nos cansa más de lo que somos capaces de admitir.
Caldwell, en otro momento, lo describe con una imagen interesante:
“El hombre es una nave sellada… y su código (para entenderlo) no es el de nadie más, ni siquiera el de un siquiatra.”
Sin duda hay verdad en eso. Siempre queda una parte de nosotros que no termina de ser comprendida del todo. Ni en la conversación más honesta, ni en la relación más cercana. Siempre hay algo que no logra traducirse… o que quizá nunca terminamos de decir por completo.
Buscar quien nos escuche —y nos entienda— primero es una necesidad; luego se convierte en una frustración silenciosa; y finalmente, si no se atiende, se vuelve costumbre.
Lo interesante de todo esto —o tal vez lo olvidado— es que esa necesidad no es nueva. Está ahí desde hace mucho tiempo, aunque no todos la reconozcamos o la nombremos igual.
Y uno aprende a vivir así. Quizá por eso muchos escribimos, y muchos lo estamos haciendo aquí, en Substack: con la esperanza de ser escuchados —en este caso, leídos—, en decir aquello que no nos atrevemos, o no sabemos cómo, decir audiblemente.
Pero no te equivoques, aunque sean diez mil los que te sigan y lean, tampoco entre todos ellos encontrarás quien te entienda plenamente.
Hay una línea antigua en la Biblia que dice:
“Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré,
y él escuchará mi voz.” — Salmo 55:17
Y la pregunta aparece, casi inevitable:
¿Entonces sí hay alguien que escucha, que realmente escucha? ¿Sin horarios? ¿Sin filtros? ¿Sin prejuicios?
Sí. Sí existe. Sí. Es real.
Alguien que no interrumpe. Que no corrige a mitad de la frase. Pero tienes que estar listo, porque no promete respuestas inmediatas. Sin embargo, puedes estar seguro de algo: escucha.
Y eso —aunque suene pequeño— empieza a cambiar el peso de lo que cargamos.
Y esa es una razón por lo que nos cuesta tanto la oración.
No porque sea complicada, sino porque esperamos demasiado de ella; queremos respuestas demasiado rápidas. Queremos claridad, dirección, solución casi inmediata.
Pero la oración empieza antes de que todo eso pueda suceder.
Empieza en el momento en que alguien deja de hablar al aire y empieza a ser escuchado. Porque ahora sí le está hablando al que realmente escucha.
Cuando hablamos sin adornos. Sin precisión forzada. Sin tener todo claro primero.
Cuando simplemente nos atrevemos a decirlo, así, como salga, y con las emociones tal cuales traemos en el alma.
Y hay algo profundamente liberador en eso. Algo que no siempre se nota al inicio, pero que poco a poco va quitándonos ese pesar muchas veces incomprensible, como si el alma encontrara, por fin, un lugar donde no tiene que explicarse mejor para ser comprendida.
Caldwell lo dice sin rodeos:
“Debemos recordar que sí hay alguien que escucha y que está disponible para todos nosotros durante todo el tiempo y a lo largo de todas nuestras vidas.”
No alguien que a veces está y otras no. No alguien que responde cuando quiere. Es alguien que está y escucha.
¡Siempre!
Hay otro pasaje en la Biblia —breve, casi escondido— que dice:
“Los ojos del Señor están atentos sobre los justos,
y sus oídos al clamor.” — Salmo 34:15
No es una idea grandilocuente. Más bien es como una imagen hermosa: oídos que están atentos.
Como alguien que no se distrae cuando hablas.
Como alguien que no se levanta a la mitad de la conversación.
Como alguien que no mira el reloj por que haya algo mejor que hacer.
Y entonces la pregunta cambia.
Ya no es: ¿por qué no hay respuesta?
Sino: ¿qué pasaría si alguien ya escuchó todo… y eso fuera más importante de lo que pensabas?
Dejemos que Caldwell lo diga una vez más:
“Él entiende nuestro lenguaje, nuestro código, nuestros miedos, nuestros secretos, nuestros pecados, nuestros crímenes, nuestro pesar. Él no nos va a considerar unos sentimentales por hablar con cariño del pasado si somos viejos, y tampoco nos va a rechazar por ser mentirosos, ladrones, asesinos, hipócritas, traidores. Él nos va a escuchar. No se va a impacientar si nos ponemos demasiado sensibles o si lloramos porque sentimos lástima de nosotros mismos, o si somos cobardes o tontos. Él ha escuchado a este tipo de gente durante toda su vida y la seguirá escuchando.” —Tylor Caldwell
Y aquí la paradoja: ¿Estoy escribiendo esto por que yo necesitaba decirlo? O porque tal vez hoy, eres tú quien debe saber que no necesitas una respuesta inmediata: solo ser escuchado.
Y, solo tal vez, porque también necesitas algo más difícil de aceptar, pero más real: no estás hablando solo.
Hay un Dios que te escucha. No a ratos. No cuando todo está en orden.
Así. Tal como estás.
“Esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos escucha.” — 1 Juan 5:14
Y si Él escucha… aunque no entiendas, aunque no veas, aunque el silencio esté presente… algo ya cambió.
Caldwell lo afirma dejándonos una frase que se me quedó dando vueltas aun después de pasar a la siguiente pagina:
“Sólo tenemos que hablarle. Ahora. Hoy mismo. Esta noche.”
No dice cómo. No dice cuánto. No dice qué palabras usar.
Solo eso: hablarle.
Piensa en esto:
Ser escuchado por Dios no es solo el inicio de la respuesta. Muchas veces, es la respuesta misma.



Muy bonita reflexión muchas gracias Pastor Alex Corzo porque muchas veces nos sentimos solos o sin saber a quien hablarle y contarle lo que nos pasa como nos sentimos y después de ir con el que nos escucha sentimos una paz y un alivio y es ahí donde nos damos cuenta que no necesitábamos más, que ir ,a el a cada momento como dice su palabra Bendiciones ☺️
Qué bendición saber que cuando oramos no estamos hablando solos. Hay un Dios todopoderoso que tiene Sus oídos atentos para escucharnos. Gracias por esta hermosa reflexión.