Cuando supe que Christopher Nolan estaba preparando una versión cinematográfica de La Odisea, me emocioné de inmediato. Nolan está detrás de películas galardonadas como Batman: The Dark Knight, Inception y Oppenheimer, lo que la expectativa de que sería capaz de hacer con él poema de Homero fuera muy alta. Además, de tratarse de una obra que ocupa un lugar especial entre mis recuerdos de adolescencia, aunque algo desdibujados: Odiseo perseguido por Poseidón, las islas extrañas, los enormes cíclopes, las hechiceras, las sirenas y la hermosa Penélope esperando a su amado.
Me fascinaba aquel héroe de Troya, ingenioso y astuto, quien fue capaz de diseñar el caballo de madera que pondría fin a la guerra y enfrentarse después a un regreso casi imposible a su isla Itaca.
Pero cuando comenzaron a circular en las redes los primeros comentarios sobre la película, mi entusiasmo se enfrió.
Casi todo eran rumores y discusiones sobre el reparto, las libertades creativas de Nolan y esa cuota ideológica que Hollywood parece empeñado en colocar en casi todo. De manera especial llamó mi atención la elección de Lupita Nyong’o, una actriz negra, como Helena de Troya, a quien Homero describe en la Ilíada como “Helena de blancos brazos” y “de hermosa cabellera”, mientras que autores posteriores, como Safo y Eurípides, utilizaron para describirla términos asociados a su cabello rubio o dorado. Es decir, la Helena que heredó el imaginario occidental dista bastante de la imagen que parece proponer esta nueva adaptación.
También se aseguró que la actriz transgénero Ellen Page (ahora Elliot Page), quien apenas mide 1.55 m y pesa no más de 50 kg, interpretaría a Aquiles, algo difícil de imaginar teniendo en la memoria a Brad Pitt como el guerrero de la película Troya. Pero resultó ser falso; Page interpreta a Sinón, un personaje por demás secundario. Lo cual me dejó mas que claro que las redes pueden lograr que discutamos con furia asuntos que ni siquiera son legítimos ni verdaderos.
Finalmente, me disidí y en compañía de un par de amigos entrañables, me acomodé en la butaca dispuesto a darle una oportunidad.
Y salí sorprendido.
No porque Nolan haya filmado una adaptación fiel al poema Homerico, porque no lo hizo. Hay muchas concesiones, episodios modificados, ausencias y decisiones narrativas discutibles. Si esperas una adaptación fiel a La Odisea, no la vas a encontrar. Mi conclusión como cinéfilo sería que es una buena obra de cine —por sus actuaciones, escenografía, fotografía y efectos especiales—, pero no excelente, porque ofrece una adaptación bastante pobre del original. Habría querido más del diálogo con Polifemo o unas sirenas menos insinuadas y más cercanas al misterio de Homero, por ejemplo.
Pero poco a poco dejé de contar las diferencias, porque algo en la película comenzó a dar vueltas en mi cabeza.
Entré preocupado por el reparto y salí pensando en Calipso.
Cuando pensamos en los grandes obstáculos que Odiseo enfrentó para regresar a Ítaca, solemos recordar al cíclope, las tormentas, los monstruos, las hechiceras y la ira de los dioses. Todos tienen algo en común: sabemos, desde el primer instante, que son enemigos. Uno ve a Polifemo y entiende que hay que escapar.
Pero Calipso es diferente.
La isla de Calipso en un lugar de descanso, casi como un Spa mítico, donde Odiseo es rodeado de cuidados, placer y aparente alivio después de tantos años de naufragios y pérdidas. Allí el héroe puede dejar de luchar. Por fin puede descansar. Puede, por un momento, olvidar todo lo que duele.
Y he aquí el problema que me hizo ruido: Odiseo comienza a olvidar.
Para mí, esa es una de las imágenes más inquietantes de la historia. Después de sobrevivir a la guerra, al océano y a criaturas capaces de hacerlo pedazos, el más grande peligro para Odiseo termina siendo un lugar donde puede acomodarse y “descansar”.
Lo que deja claro que no todos los monstruos tienen colmillos. Algunos se parecen a una cama cómoda, a una mesa servida, a una vida suficientemente agradable como para que dejemos de preguntarnos hacia dónde íbamos.
Calipso no necesitaba matar a Odiseo. Le bastaba con conseguir que olvidara Ítaca. Que olvidara a Penélope, a su hijo Telémaco, a su pueblo, su historia y aquello por lo que había cruzado tantos mares.
Pensé entonces que pocas imágenes describen mejor uno de los peligros más silenciosos de nuestra vida espiritual.
Solemos imaginar que aquello capaz de alejarnos de Dios llegará como una gran tentación, una tragedia o una crisis espectacular. Pero muchas veces no sucede así. A veces simplemente llega cuando dejamos de prestar atención a lo verdaderamente importante.
Nadie decide una mañana: “Hoy voy a olvidar aquello que más amo”. El olvido casi siempre llega despacio. Dejamos una conversación para mañana. Posponemos una oración. Cambiamos una convicción por una comodidad aparentemente pequeña. Después otra y, así, terminamos acostumbrándonos. Hasta que un día descubrimos que aquello que antes nos conmovía ahora apenas logra llamar nuestra atención.
No necesariamente hemos abandonado la fe. Simplemente hemos perdido el hambre. Y eso es alarmante, porque podemos seguir haciendo muchas de las mismas cosas mientras, por dentro, hemos dejado de disfrutarlas.
La Biblia nos advierte sobre ese peligro. Cuando Israel estaba a punto de entrar en la tierra prometida, Moisés no les habló solamente de los enemigos, las guerras o los ídolos. También les habló de casas buenas, comida abundante, ganado, prosperidad y seguridad. Y entonces les dijo:
“Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios” —Deuteronomio 8:11
Qué extraño. El desierto podía hacerlos clamar a Dios; pero la abundancia podía hacerles creer que ya no lo necesitaban.
Eso no significa que la comodidad sea mala. Dios creó el descanso, la amistad, la familia, una buena mesa, el trabajo fructífero y esos pequeños placeres que hacen más amable nuestra existencia —ahora mismo doy gracias por una taza de café a mi lado—. El problema aparece cuando confundimos una posada agradable con nuestro destino. Cuando descansamos tanto que olvidamos que todavía estamos de viaje.
Por eso la vida cristiana está llena de llamados a recordar lo que Dios ha hecho, sus promesas y quiénes somos.
No es casualidad que en el centro de la vida cristiana haya también una mesa.
Una noche, rodeado de sus discípulos, Jesús tomó el pan y dijo:
“Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí” —Lucas 22:19
Las palabras adquieren una belleza especial en contraste a la isla de Calipso.
Calipso ofrece una mesa para olvidar. Cristo nos deja una mesa para recordar.
Una intenta anestesiar el dolor borrando la historia; la otra nos enseña a mirarla —incluso sus heridas— sabiendo que ha sido alcanzada por la gracia.
Esa es una razón por la que necesitamos escuchar una y otra vez el evangelio. No porque nunca lo hayamos oído, sino porque somos extraordinariamente capaces de olvidar aquello que alguna vez pensamos que jamás olvidaríamos.
También nosotros podemos construir pequeñas islas. Podemos tener una agenda llena y el corazón distraído; conservar las palabras de la fe mientras perdemos el asombro; asistir a la iglesia, cantar, trabajar y aun así descubrir que nuestra alma lleva meses sentada frente al mar, contemplando el vacío.
No siempre hace falta un gran pecado para perder el rumbo. A veces basta una larga temporada de distracción.
Hebreos describe la vida cristiana como una carrera y nos llama a correr :
“puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1-2).
Me gusta esa imagen porque supone movimiento y dinamismo. No estamos llamados a instalarnos en cualquier orilla agradable, sino a seguir avanzando con los ojos puestos en Aquel que nos llamó.
La fe cristiana no consiste solamente en sobrevivir a monstruos. Consiste también en no olvidar quiénes somos, a quién servimos y cuál es nuestro destino.
Fui al cine preparado para preguntarme cuánto había cambiado Nolan a Homero y terminé preguntándome cuánto pueden cambiarnos a nosotros aquellas cosas que consiguen hacernos olvidar lo verdadero… lo eterno.
Vivimos en una época especialmente buena para eso. Nunca habíamos tenido tantas cosas diseñadas para reclamar nuestra atención, entretenernos y mantenernos cómodamente ocupados. Podemos pasar horas desplazando imágenes en una pantalla sin ir realmente a ninguna parte, llenar cada silencio, confundir estar entretenidos con estar descansando y estar ocupados con estar avanzando.
Y he aquí me reflexión final: algunos de nuestros enemigos más peligrosos no son los que bloquean el camino, sino los que nos ofrecen una silla, algo de comer, una pantalla encendida y una vida suficientemente cómoda como para hacernos olvidar que todavía estamos de camino, que existe una verdad más grande que nuestras distracciones y que esta vida, con sus pasiones y placeres temporales, no es nuestro destino final.
Odiseo necesitaba recordar Ítaca. Nosotros necesitamos recordar a Cristo.
“Amados, les ruego como a extranjeros y peregrinos, que se abstengan de las pasiones carnales que combaten contra el alma.” —1 Pedro 2:11



Pero en la versión de Nolan, Odiseo nunca comenzó a olvidar, al contrario, deseaba ser; el tema fue que Calipso le bloqueaba ese propósito. Cuando Odiseo logró recordar fue que Calipso desistió. Se trata del valor del propósito y la genuina fe.
Ta cierto! Necesitamos com urgencia, rogarle al Espíritu Santo que nos alerte cada vez que estemos entrando a la monotonía espiritual. 😌
Gracias por compartir! 🤩