El Invierno del Alma
Sabes que hacer, pero no tienes fuerzas para hacerlo
¡Ay! Esos días.
Sí, esos días en los que uno no puede evitar decir: “¡Ay!”.
Esos en los que sabes que necesitas levantarte. Esos en los que sabes que debes seguir adelante. Esos en los que sabes que sería bueno volver a orar con más devoción, congregarte con más constancia, retomar lo que dejaste a la mitad o, simplemente, dar el siguiente paso.
Sí, esos días en los que la mente lo tiene claro, pero el corazón ya no encuentra el ánimo para hacerlo.
Esos días en los que uno dice “¡Ay!” porque duelen.
Porque muchas veces, desde afuera, parece que solo nos falta voluntad. Incluso nosotros mismos terminamos preguntándonos:
—“¿Qué me pasa? Si sé lo que debo hacer, ¿por qué no puedo hacerlo?”.—
No siempre es que nos falte dirección. A veces, lo que nos faltan son fuerzas.
Vivimos en una cultura que admira a las personas que siempre están produciendo, logrando cosas y manteniéndose fuertes. Pero la vida real no funciona así.
Somos como la tierra.
Hay temporadas de verano, cuando todo parece florecer. Tenemos energía, ilusión y ganas de emprender cosas nuevas. Disfrutamos servir a Dios, convivir con otros y avanzar con entusiasmo.
Pero también llegan los inviernos.
Temporadas en las que el cansancio pesa más de lo normal. En las que una pérdida, una decepción, un tropiezo, un fracaso, una enfermedad o, simplemente, el desgaste provocado por el exceso de actividad o el paso de los años nos dejan sin mucho ánimo.
Desde afuera quizá seguimos haciendo nuestra vida, pero por dentro sentimos que algo se apaga.
Y, casi sin darnos cuenta, empezamos a aislarnos. Dejamos de responder mensajes. Faltamos a reuniones. Oramos menos. Dejamos de disfrutar lo que antes nos encantaba. Pensamos que primero tenemos que sentirnos mejor para volver a hacer aquellas cosas.
Pero muchas veces ese aislamiento solo consigue que el invierno se vuelva más largo.
Lo curioso es que, en la naturaleza, el invierno no significa que la vida haya terminado. Los árboles parecen secos, pero siguen vivos. Aunque desde afuera no se vea mucho movimiento, debajo de la tierra las raíces continúan creciendo. El invierno no es una señal de muerte; es parte del proceso de la vida misma.
Debajo del paisaje helado también hay seres vivos respirando, refugiados o hibernando: osos, marmotas, murciélagos, erizos, ardillas y algunas especies de conejos. Allí están, aparentemente inactivos, resguardando la vida mientras esperan el momento de salir de nuevo.
Creo que algo parecido sucede con nosotros.
Hay temporadas en las que sentimos que no estamos avanzando, cuando en realidad Dios sigue obrando en lugares que todavía no podemos ver.
Y, en medio de esa realidad, encuentro uno de los pasajes más consoladores de toda la Biblia. Isaías escribe:
“Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas”. —Isaías 40:29
Me conmueve que el texto no diga que Dios fortalece solamente al que todavía puede esforzarse un poco más.
Dios fortalece al que ya no puede. Al que siente que llegó a su límite. Al que reconoce que, por sí mismo, ya no tiene fuerzas.
Eso cambia por completo nuestra manera de mirar esos días donde sentimos que no podemos avanzar.
Dios no se acerca a nosotros para reprocharnos que estemos agotados. Se acerca para ofrecernos aquello que ya no podemos producir por nuestra propia cuenta.
Por eso, si hoy te encuentras atravesando un invierno del alma, no te avergüences. No te castigues. No te acuses, aunque por dentro no puedas hacer otra cosa que suspirar y decir: “¡Ay!”.
No pienses que Dios te ha abandonado.
Y, sobre todo, no atravieses esta temporada a solas. Acércate al Señor, aunque sean pocas las fuerzas que te quedan. Permite que otros oren contigo. Busca a tus amigos, a tus hermanos.
Da pasos pequeños, si es lo único que hoy puedes dar. Sal a caminar un poco con tu perro. Recuéstate sobre el pasto del jardín y mira al cielo. Respira profundamente mientras sientes el aire sobre tu rostro. Visita a un amigo y hablen solo de trivialidades. Toma un café mientras lees un buen libro. Asiste a la iglesia, aunque por ahora no sientas demasiado cuando este ahí.
No esperes sentirte completamente recuperado para volver a caminar. Muchas veces es mientras caminamos, aunque sea despacio y con las piernas temblando, cuando Dios comienza a renovar nuestras fuerzas.
Si hoy tu mente sabe hacia dónde debe ir, pero tu corazón no encuentra el ánimo para avanzar, recuerda esto: el mismo Dios que sostiene las estaciones de la tierra también sostiene a sus hijos.
Y así como ningún invierno dura para siempre, tampoco lo hará este.
Él sigue contigo.
Y cuando finalmente llegue la primavera, descubrirás que nunca dejó de sostenerte, ni siquiera en aquellos días en los que todo parecía detenido, cubierto de nieve y sin señales visibles de vida.
Así que está bien.
Quizá hoy solo puedas decir: “¡Ay!”.
Pero llegará el día en que volverás a levantar la mirada, sentirás nuevamente el calor sobre tu rostro y comprenderás que el invierno no tuvo la última palabra.
Y entonces, tal vez con una sonrisa, podrás decir:
“¡Qué hermoso es estar vivo!”.
“Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría”. —Salmo 30:5



Cuando uno se ve reflejado en letras como éstas pasa algo que es sobrenatural y que pocos entienden. Nuestro cansancio es la parte donde Dios más se hace presente, y recordarlo permite que esa gran tragedia que sentimos , se transforme en una leve, muy leve tribulación que no impide que sigamos adorando su nombre. Como siempre, me deleito leyéndolo Pas
Un abrazo
Qué lindo artículo 🧡
Algo que complementa este artículo sin saber lo escribi hoy! Creo que cuando uno pasa estos momentos está más inspirado y sensible para escribir. Gracias 🙏🏼