El culto que Dios no pidió
Entre el principio regulativo y el normativo: cuando la adoración se parece demasiado a nosotros
Cuando leí en la biografía de C. S. Lewis que nunca se sintió del todo cómodo en el culto de su iglesia —no por la palabra o la doctrina, sino por el formato del culto— y que años después, viajó a Grecia y encontró en la liturgia ortodoxa una belleza que antes no había apreciado, no pude evitar pensar que eso sigue ocurriéndonos hoy. Nos sentimos más atraídos por una forma de culto que por otra, y en esta época, quizá más que nunca.
Lo se por que también yo he tenido ese viaje.
He estado en iglesias donde nada es ruidoso, donde todo parece estar en su lugar. Cada momento, cada palabra cuidadosamente elegida, con una teología correcta y una estructura impecable; sin excesos, sin improvisaciones, sin nada que pudiera señalarse como incorrecto. Y, sinceramente, más de una vez lo he disfrutado profundamente; no obstante, en ocaciones he salido con una sensación difícil de definir. No es que la predicación no contenga verdad, porque la verdad está ahí; es más bien la impresión de que todo ha sido dicho… pero faltó ofrecer algo más, como si el culto hubiera sido ejecutado con precisión, pero sin esa entrega silenciosa que hace que el hombre sepa que ha estado delante de Dios.
En otros contextos, quizá en mayor medida, he estado en lugares donde nada parece faltar en términos de intensidad y emoción. Voces levantadas con fuerza, manos alzadas sin reserva, cantos alegres acompañados de danzas, momentos prolongados de música, y una atmósfera dinámica cargada de vida. Y también los he disfrutado sin duda alguna; me encanta sentir la música y llevar el ritmo con mis pies. Sin embargo ahí, en ocaciones, me ha surgido otra inquietud; como si todo estuviera siendo sentido con sinceridad, pero no necesariamente guiado por la verdad.
Entre esos dos escenarios, tan distintos en forma pero tan cercanos en su resultado, empecé a entender que el problema no estaba en el estilo, ni en la intensidad, ni siquiera en la estructura. El problema es más antiguo, más profundo, y —como tantas cosas— no es nuevo.
Hace siglos, en la Edad Media, la iglesia había llenado el culto de prácticas, símbolos y formas que no siempre encontraban respaldo claro en la Escritura; de hecho, mucho era resultado de una mezcla entre cristianismo y religiones paganas que se habían introducido sutilmente, dando origen a excentricidades, fetichismos y fantasías adornadas de solemnidad y misticismo “cristiano”.
Ante esto, en el siglo XVI, hombres como Juan Calvino se hicieron una pregunta incómoda pero sencilla: ¿qué tanto de aquello que parecía hermoso y significativo realmente Dios lo había mandado? Y al hacer esa pregunta, comenzaron a retirar todo aquello que no encontraban claramente establecido, buscando liberar la adoración de lo que, con el tiempo, había comenzado a desplazar lo central: la Palabra. A esto se le conoció como el Principio Regulativo.
Pero no todos respondieron de la misma manera. Mientras unos quitaban con rigor todo lo que no encontraban en la Escritura, otros, como Martín Lutero, percibieron otro riesgo, menos evidente pero igualmente importante: el de restringir más de lo que Dios mismo había establecido, es decir, el riesgo de querer ser mas celosos que Dios mismo, atando la conciencia de los creyentes donde la Escritura guarda silencio. Así que, en lugar de vaciar el culto, optaron por reformarlo sin despojarlo completamente, conservando formas que, aunque no eran mandadas explícitamente en las Escrituras, tampoco contradecían el evangelio. Esto se conoció como el Principio Normativo.
Desde entonces, la historia de la iglesia no ha dejado de moverse entre estas dos tensiones: el temor de añadir a la adoración lo que Dios no pidió, y el temor de limitarla más allá de lo que Dios ha dicho.
Y lo que comenzó como un esfuerzo sincero por honrar a Dios terminó, en muchos casos —y esa es la realidad que observo hoy—, convirtiéndose en extremos que producen lo contrario de lo que buscaban, levantándose unos contra otros como críticos implacables de quienes piensan diferente en relación con su liturgia.
Cuando el cuidado por la forma se absolutiza, como a veces los defensores del Principio Regulativo parecen intentar —muchas veces sin siquiera conocer este concepto o antecedente histórico—, el culto puede volverse correcto en sentido doctrinal, pero distante en su expresión comunitaria; preciso, pero ligero; estructurado, pero muchas veces carente de ese temblor santo que no se puede fabricar.
Y cuando la libertad se desborda sin guía, como algunos que usan el Principio Normativo —otra vez, aún sin conocer el termino—, y terminan dando más énfasis a la expresión que a la doctrina, el culto puede volverse intenso, pero difuso; emotivo, pero inestable; lleno de momentos “especiales”, pero sin un ancla real que le dé equilibrio o propósito.
En ambos casos, lo que está en riesgo no es la intención, sino el centro.
Y estoy consciente de que es un tema delicado, que incomoda a unos y a otros, porque somos dados a defender lo que nos gusta o aprobamos. Por eso, el problema de nuestra generación no es simplemente la música, ni los estilos, ni las formas visibles del culto —como a veces se plantea con tanta ligereza—, sino algo más sutil: la facilidad con la que convertimos nuestras preferencias —tradicionales o contemporáneas— en criterios de lo que consideramos aceptable delante de Dios.
Las modas cambian, como siempre lo han hecho —hubo una época en Europa donde incluso asistir al culto sin peluca podía considerarse impropio entre los hombres—, y cada generación encuentra su forma de expresar lo que cree; eso no es el problema.
Pretender congelar la adoración en una época específica no es fidelidad, es nostalgia. Pero tampoco toda novedad es señal de vida, ni toda intensidad es evidencia de profundidad. Hay formas que, aunque nuevas, no aportan claridad, y expresiones que, aunque sinceras, no están siendo guiadas por la verdad. Y ahí es donde el discernimiento se vuelve indispensable, porque aceptar que cada generación tenga su lenguaje no significa renunciar a los principios que deben gobernarlo.
Toda expresión, toda forma, todo lenguaje —sea antiguo o reciente— termina diciendo algo. Como escribió el apóstol Pablo a la iglesia en Corinto:
“tantas clases de idiomas hay en el mundo, y ninguno carece de significado”. —1 Corintios 14:10–11
Y si ese significado no es claro, no edifica. Queda claro entonces que las expresiones de adoración también hablan, y la pregunta no es como lo hacen, sino qué están diciendo realmente.
Lo que sí me parece más que claro es que la Escritura no nos dejó un modelo exhaustivo que regule cada detalle del culto, pero tampoco nos dejó sin dirección. Nos dio algo más exigente que una lista cerrada de qué hacer o qué no hacer, o una libertad a nuestro arbitrio sin forma: tenemos un Dios que habla, una Palabra que define, y un llamado a responder de manera que refleje quién es Él.
Y en ese marco, la música —como cualquier otro elemento— no existe para amplificar al hombre, sino para dirigir la mirada hacia Cristo; no para sostener experiencias, sino para servir a la verdad. Cuando deja de apuntar a Él, incluso lo más hermoso se convierte en distracción. Cuando lo hace bien, con excelencia y comunión, en cambio, desaparece en su propósito: ya no se ve a quienes guían… se ve a Aquel a quien se adora.
Tal vez por eso la pregunta que debería acompañar cada decisión en el culto no es si algo es válido, ni si es efectivo, ni siquiera si es significativo, sino si dirige el corazón hacia Dios o lo mantiene girando alrededor de sí mismo.
Debemos ser claros en esto: el verdadero peligro no está en los instrumentos musicales, ni en las luces, ni en la estructura del culto, sino en la manera en que el hombre aprende a colocarse en el centro —algo que se repite tanto en cultos pasivos como dinámicos—, aun cuando el lenguaje siga siendo espiritual.
Al final, la adoración no se define por lo que provoca en quienes están presentes —sin que esto deje de ser valioso e importante—, sino por lo que ofrece a Aquel a quien está dirigida. Y es ahí donde ya no bastan las formas ni las sensaciones, donde queda expuesta una realidad que ningún estilo ni solemnidad puede ocultar: si Dios ha sido el centro… o si simplemente ha sido parte accesoria de un culto más.
Estoy convencido de que no necesitamos volvernos más estrictos ni más permisivos, como si la solución estuviera en inclinar la balanza hacia uno u otro extremo, sino aprender algo que ambas posturas —el principio regulativo y el principio normativo—, en su mejor intención, siempre buscaron: honrar a Dios conforme a Su verdad, sin añadir lo que Él no ha pedido, pero sin restringir lo que Él tampoco ha impedido; caminar con una reverencia que no enfría el corazón y una libertad que no desvía el propósito de nuestra reunión como iglesia.
Y cuando eso ocurre, cuando la Palabra gobierna, la forma encuentra su lugar, la emoción se ordena y el corazón se alinea, la adoración deja de parecerse a nosotros y empieza —aunque sea un poco— a parecerse a lo que siempre debió ser:
“Él es el objeto de tu alabanza y Él es tu Dios, que ha hecho por ti estas cosas grandes y portentosas que tus ojos han visto.” — Deuteronomio 10:21



“Shemá Israel, Adonai Eloheinu, Adonai Ejad.”
“Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es.”
(Deuteronomio 6:4)
El pasaje completo es:
Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que hoy te mando estarán sobre tu corazón. Las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas cuando estés en tu casa, cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Las atarás como una señal en tu mano y estarán como un recordatorio entre tus ojos. Las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas.
Gracias por tu escrito🙏🏼
Me gustó mucho la reflexión. Mientras la leía, recordaba cómo los profetas denunciaban una y otra vez un culto que conservaba las formas, pero había perdido el corazón. Dios nunca buscó únicamente sacrificios o ceremonias; siempre buscó un pueblo que le amara y le obedeciera. Quizá, después de preguntarnos qué culto no pidió Dios, también necesitamos preguntarnos cuál es el culto que sigue agradándole hoy. Pienso que comienza cuando ponemos nuestra vida sobre el altar para que Él la transforme conforme a Cristo.