Cuando la tierra tiembla
Venezuela, 1985 y una esperanza que no se cae
¿Cómo no conmovernos ante las imágenes de devastación que llegan desde Venezuela por los terremotos que azotaron aquella nación el pasado 24 de junio? Mirar construcciones vencidas, edificios y casas derribadas, familias que de un momento a otro quedaron sin hogar, personas heridas, rostros cubiertos de polvo, niños rescatados entre escombros y aun animalitos que sobrevivieron en medio de la destrucción, sin duda tiene que mover algo en nosotros.
Al mirar la desesperación de quien busca a alguien entre los escombros, la angustia de quien no sabe dónde dormirá esa noche, la mirada de quien perdió en segundos lo que tardó años en levantar, los rescatistas esforzándose por encontrar personas sepultadas y celebrando cuando logran localizar y sacar a alguna… frente a eso, es menester conmoverse; y si es posible, ayudar. Ayudar con recursos, con ofrendas, con manos, con lo que se pueda. Y por supuesto, orar por aquella nación y sus habitantes.
No obstante, también creo que es necesario orar de manera particular por la iglesia que está en Venezuela, y pedir a Dios que les dé gracia, fuerza y sabiduría, porque ahora tienen delante una tarea inmensa: servir, consolar, acompañar y llevar esperanza en medio de una herida abierta como las enormes grietas que se abrieron en el suelo debajo de sus pies.
Sé que la iglesia cristiana en Venezuela está a punto de mirar un mar de almas buscando refugio y consuelo. No solo un techo, no solo comida, no solo ayuda material —todo eso es urgente y necesario—, sino también aquello que ni el gobierno, ni las asociaciones de ayuda humanitaria, ni los rescatistas, con todo el valor de su labor, pueden dar por sí mismos: paz para el corazón.
No lo digo como quien ve el dolor ajeno como oportunidad religiosa, porque Dios nos libre de usar el sufrimiento de otros como escaparate de nada. Lo digo con respeto, con temor… pero también con memoria, porque yo sé que cuando la tierra tiembla, muchas veces también tiembla el alma. Y cuando el alma tiembla, el hombre empieza a hacerse preguntas que quizá nunca se había hecho con tanta seriedad.
Y lo sé porque yo soy, de alguna manera, fruto de un terremoto.
Lo sé porque, mientras estudiaba la preparatoria en un edificio de doce pisos, mientras tomábamos clase en el noveno, a las 7:19 de ese día, la tierra de la Ciudad de México comenzó a sacudirse ante el asombro y el espanto de los estudiantes que ahí estábamos y del profesor que intentaba entender lo que ocurría. Entonces uno de mis compañeros, mirando por la ventana, dio la voz de alarma con un grito de espanto que todavía recuerdo: “¡Se está cayendo un edificio!”
Todos salimos corriendo.
Bajamos por las escaleras con toda la velocidad que nuestros pies podían darnos. Los ventanales que rodeaban el cubo de las escaleras se reventaban a nuestro paso, los vidrios explotaban frente a nuestras caras y caían cerca de nuestros pies, al tiempo que pedazos de muro se desprendían, el edificio crujía, todo se movía, todo parecía venirse abajo. Descendíamos piso por piso sintiendo que el movimiento incesante nos desequilibraba, empujados por el miedo y por esa urgencia feroz que aparece cuando uno entiende que la vida puede terminar en cualquier momento.
Providencialmente, mientras bajábamos, un compañero miró hacia arriba y se detuvo de golpe, deteniendo también a los que veníamos detrás. En ese instante, una enorme losa de concreto cayó frente a nosotros, levantando una nube de polvo y escombro. Los gritos se intensificaron y, prácticamente pasando por encima del obstáculo, algunos empujando, otros llorando, todos seguimos descendiendo con la sensación de que aquel edificio iba a sucumbir.
Lo sé porque en ese instante pasó toda mi vida frente a mí; mi corta vida de dieciséis años. Los rostros de mis padres, de mi hermana, de mis amigos, mi casa, momentos felices de mi infancia. Sí, es cierto: cuando sientes la muerte cerca, puedes ver tu vida entera pasar frente a tus ojos. Es verdad, toda una existencia cabe en unos cuantos segundos de espanto.
Cuando cruzábamos el segundo piso nos dimos cuenta de que había dejado de temblar, pero seguimos corriendo con pánico y determinación. Al llegar a la calle, el lugar estaba lleno de personas: estudiantes de la preparatoria, maestros, trabajadores de oficinas cercanas, algunos con ataques de histeria, otros gritando que ayudaran a quienes quizá habían quedado atrapados en edificios caídos algunas calles más adelante, otros sentados en la banqueta, en silencio, con el rostro blanco por el miedo.
Los que logramos salir volteamos instintivamente hacia el edificio del que acabábamos de escapar. Estaba deshecho: ventanas rotas, pedazos de concreto derribados, muros abiertos, grietas por todas partes. Era claro: un poco más, tan solo un poco más, y ese edificio habría colapsado. Y si eso hubiera pasado, difícilmente estaríamos contando la historia.
Lo sé porque lo primero que hice fue caminar a casa. No había transporte, así que caminé por más de una hora atravesando plazas y avenidas importantes como Paseo de la Reforma. Vi edificios derribados, otros incendiándose, multitudes abandonando hoteles, personas corriendo o caminando rápido sin saber bien hacia dónde, y el sonido constante de sirenas de patrullas y ambulancias, mientras mi corazón latía con fuerza preguntándome si el edificio de departamentos donde vivía con mis padres y mi hermana habría sobrevivido.
Mientras avanzaba, me cuestionaba mi paso por la vida. Me preguntaba si Dios realmente me habría permitido continuar con vida por alguna razón. No sabía orar como sé ahora, pero suplicaba al cielo. Cuando di vuelta en una esquina y a lo lejos vislumbré mi edificio, me detuve, respiré profundo, puse las manos sobre mis rodillas, y fue ahí cuando por fin pude llorar un poco.
Mi casa había sobrevivido. Pero ¿mi familia?
Cuando crucé la puerta del apartamento, ahí estaba mi hermana, por ese tiempo estaba estudiando en la universidad en horario vespertino, así que enfrentó el terremoto en casa luego de ser despertada por mi papá, quien luego saldría a buscarme, y sin saberlo nos cruzamos en el camino. Mi madre todavía no llegaba del trabajo. Fue una espera impaciente y larga. Cuando mi papá llegó, nos abrazó a mi hermana y a mí con lágrimas en los ojos, después de haber visto toda la calamidad que había en las calles. Mi mamá llegó poco después, preocupada, sacudida y nerviosa, pero viva. Entonces dimos gracias a Dios, aunque en realidad no entendíamos del todo quién era Él. Para mis padres, Dios era real, no teníamos ninguna filiación religiosa ni una costumbre familiar, pero era real. Y ahora era mi turno de comprobarlo.
Todos habíamos sobrevivido a la destrucción implacable que dejó el terremoto del 19 de septiembre de 1985.
El temblor que sacudió y destruyó gran parte de la Ciudad de México pasó, y con los meses la ciudad comenzó lentamente su reconstrucción. Pero dentro de mí el terremoto no había cesado. De hecho, duró meses. Mi alma entera quedó, desde aquel día, en un sacudimiento feroz. Me preguntaba cuál era mi lugar en la tierra, por qué seguía vivo, qué sentido tenía mi existencia. La soledad se volvió mi refugio, y la lectura de libros, revistas y folletos —paradójicamente muchos de ellos sobre asuntos sobrenaturales, incluyendo algunos con temática bíblica— se convirtió en mi escape ante una vida que seguía gris, como el polvo de los escombros cuando salí de aquel edificio.
En abril de 1986, el temblor de mi corazón llegó a su fin.
Me invitaron a una iglesia que estaba ayudando a damnificados del terremoto. Yo fui pensando que tal vez recibiría ropa, zapatos o alguna ayuda material. Pero la ayuda fue superior. Me senté y escuché al pastor hablar de Cristo, y sin darme cuenta el mensaje me atrapó, al punto que al final supliqué que alguien me explicara qué tenía que hacer para ser salvo. Alguien habló conmigo y oró conmigo.
Cuando abrí mis ojos, todo parecía más grande, más claro, más luminoso. Pero lo más importante era que tenía paz. El terremoto dentro de mí había cesado. Ahora sí sentía que había una razón para mi vida y para seguir adelante.
Sí, lo sé, porque aquella iglesia a la que llegué se llenó luego de muchos que, como yo, habían sufrido un terremoto: el de la tierra y el de sus corazones.
Con los años entendí mejor aquello que el apóstol Pablo dice sobre el Dios de toda consolación, el Dios que nos consuela en nuestras aflicciones para que también nosotros podamos consolar a otros. En aquel momento no lo habría explicado así, pero lo viví: Cristo entró en una grieta de mi alma donde nadie más podía entrar.
Y por eso ahora es mi turno de decirlo: hermanos venezolanos, que el Señor les prepare y les fortalezca. No para aprovechar el dolor de nadie, sino para acompañarlo con humildad. El temblor ya pasó, aunque las réplicas sigan; ahora habrá que reconstruir, levantar, limpiar, buscar, llorar, abrazar y empezar de nuevo. Muchos llegarán buscando ayuda, y la iglesia debe darla con generosidad y sin condiciones. Pero quizá, mientras reciben pan, ropa, techo o compañía, también descubran que su alma necesita una paz más profunda que la estabilidad del suelo.
No me atrevo a decir que el dolor sea bueno en sí mismo, porque no lo es. No me atrevo a decir que una tragedia vale la pena por lo que pueda producir después, porque el sufrimiento humano no debe tratarse con ligereza. Pero sí creo que, aun en medio de las ruinas, la iglesia está llamada a estar presente con el amor de Cristo, llevando el mensaje que, aun entre los escombros, puede dar libertad y vida eterna.
Oro por Venezuela. Oro por sus familias, por sus niños, por sus ancianos, por los que lloran, por los que buscan y por los que no saben cómo seguir. Y oro por la iglesia venezolana, para que Dios le dé fuerza para ayudar, ternura para consolar, paciencia para acompañar, sabiduría para hablar y fidelidad para presentar a Cristo con la humildad de quien sabe que también fue alcanzado por Su misericordia.
Lo sé porque, cuando la tierra tiembla, el alma hace preguntas.
Y solo Cristo puede responder con una esperanza que no se cae, aun cuando todo lo demás parezca venirse abajo.



"Lo sé porque en ese instante pasó toda mi vida frente a mí; mi corta vida de dieciséis años. Los rostros de mis padres, de mi hermana, de mis amigos, mi casa, momentos felices de mi infancia. Sí, es cierto: cuando sientes la muerte cerca, puedes ver tu vida entera pasar frente a tus ojos. Es verdad, toda una existencia cabe en unos cuantos segundos de espanto." #LifeReview