Correr Tras el Viento
Una historia de los 80 que resuena en el siglo XXI
El vapor del agua tibia todavía lo mantiene empañado, por un instante, me gusta la idea de desaparecer detrás de esa nube.
Lo limpio con mi mano y me miro en el espejo… ¿y qué veo?
Un rostro ensayado. Pómulos insinuados por la brocha, labios pintados que exhiben seguridad, pestañas rizadas decididas a destacar y ojos que dicen “puedo” y a ratos preguntan “¿quién eres?”.
Podría ser cualquiera: la muchacha que llega temprano, la que se queda hasta tarde, la que nunca dice no, la que está determinada a subir la escalera del éxito… aunque sea apenas un escalón.
El viento golpea la ventana —como llamándome—. Lo ignoro. Solo veo el reflejo del sol y recuerdo la frase que papá repetía cuando me veía con tantos afanes: “Hija, ten cuidado… No hay nada nuevo bajo el sol.”
Enciendo la secadora de cabello. El zumbido me envuelve y me repito: “La imagen se arma con paciencia. La imagen es una escalera al éxito.”
Repaso con la mirada mi “look”: saco amplio con hombreras, falda recta de cintura alta, cinturón ancho con una hebilla imponente, medias caladas de nylon, zapatos pumps bicolor. Perfume caro que promete atraer miradas.
En la radio suena Take On Me, de A-ha: el himno no oficial de nuestra generación. Sintetizadores brillantes, batería electrónica y esa voz masculina y encantadora de Morten Harket. Apago mi casetera Sony. El silencio regresa con un pequeño vértigo: siento que el mundo entero me espera.
Bajo las escaleras y abro la puerta del edificio, suspirando como quien está a punto de entrar a un escenario. Camino con prisa. La ciudad luce vertiginosa. Yo repaso mentalmente la agenda como una plegaria moderna: “Presentación a las diez, reunión a las doce, cóctel a las ocho”.
Llego tarde. La oficina es un arcade interminable: filas de cubículos como máquinas encendidas, teléfonos pesados como ladrillos y computadoras enormes sobre los escritorios que gritan “soy el futuro”. Hombres con trajes cruzados, pantalones de tres pinzas y corbatas estampadas dominan el espacio. Solo unas cuantas chicas nos atrevemos a competir con ellos en esta empresa de marketing.
Me asignan una sala para la presentación. Camino como quien sube un peldaño con los dientes apretados.
—¿Lista, Megan? —pregunta el director, con su reloj Casio dorado brillando bajo la luz fluorescente.
—¡Lista! —respondo sin titubeo.
Retroproyector encendido, acetatos coloridos, tarjetas bibliográficas de respaldo en mi mano, con palabras como “benchmarking” y “crecimiento sostenible”.
Digo que los resultados son “prometedores”, y la sala asiente con la docilidad de quienes prefieren terminar temprano. El análisis fue sesgado, lo sé. Pero el paso al primer peldaño simplemente hay que darlo.
Aplauso breve y fingido, triunfo compartido. El viento penetra por alguna rendija e infla una cortina, como si respirara por ella. Nadie más lo nota.
—Muy bien, Megan. El cliente quedó complacido —me dice el director.
Sonrío, no muy segura por el tono de voz con que lo dijo.
—No puedes faltar al cóctel.
—Ahí estaré —asiento sin ganas.
En esta ciudad, “estar” es un verbo con salario.
A mediodía, bajo con hambre de aire fresco. Escaparates rebosan de maniquíes femeninos con suéteres holgados, sacos amplios con hombreras que parecen alas y mallas con calentadores en las pantorrillas. Un vendedor me ofrece una cinta plástica para el cabello. La compro. El plástico cruje como un recuerdo de infancia: el pan quemado de mamá, la risa simple de mis hermanos, el abrazo sincero de papá. Me hago una coleta. Un pequeño gesto de insurrección.
En la esquina, el teléfono público parece esperarme. Pongo una moneda en la ranura y marco su número, pulsando los dígitos uno por uno.
—¿Papá?
—¿Qué tal todo, hija? ¿Cómo te fue en tu presentación?
—Creo que brillé…
—Está bien brillar, pero… ¿fue bueno? Recuerda que bueno no es lo mismo que brillante. Lo bueno permanece.
—Lo sé —miento.
—Acuérdate de amarrarte el alma. No sea que sin darte cuenta… corras tras el viento.
—De acuerdo papá, nada de correr tras el viento, lo entiendo —Otra ves miento, la verdad no estoy segura de eso.
Cuelgo el teléfono. Me aseguro de apretar firmemente el cabello con mi cinta plástica.
La noche nos encuentra en una azotea disfrazada de bar. Luces cálidas, copas que sudan, saludos con beso de mejilla. Más tarjetas de presentación que nombres. Más hairspray que oxígeno.
Me presentan a Carlos, el cliente: cabello largo, cuidadosamente recortado en capas —todos quieren parecerse a Kurt Russell—, sonrisa impecable y un traje que podría cubrir mi renta de medio año. Me estrecha la mano con entusiasmo y comenta que le agradó mi “optimismo metodológico”. Traducción: supe decir lo necesario sin mencionar lo incómodo.
Luego, con un toque breve en mi brazo y una mirada que pretende ser encantadora, sugiere que nos reunamos en privado para destacar “lo importante”.
Sé leer entre líneas. Sonrío sin prometer nada.
Foto grupal. Posamos como si estuviéramos haciendo historia. En mi cabeza, la voz de papá resuena como una canción que no pasa de moda: “Acuérdate de amarrarte el alma.”
¿Con qué se amarra un alma? ¿Con una cinta de plástico como la que me coloqué en el cabello?
Tomo un taxi. Huele a vainilla. En el autoestéreo Clarion suena Material Girl de Madonna. El estribillo me golpea como una advertencia: “Porque todos vivimos en un mundo materialista… y yo soy una chica materialista.”
Llego a casa con la rapidez de un eslogan. Abro la puerta de mi apartamento y me recibe el silencio que el viento ha ido peinando durante el día. Dejo los tacones junto al sofá y camino descalza hasta la ventana y contemplo las calles solitarias. La cinta de plástico me aprieta. Me la quito con lentitud.
Sobre la mesa me espera un cuaderno. Lo abro y escribo: “Lo prometedor no siempre promete felicidad. El primer escalón es pequeño, pero ¿me llevará en la dirección correcta?”.
Dibujo una escalera que se sale del margen. Luego anoto: “Cuidado con las alturas que no tienen barandal”.
Voy a la cocina y me sirvo agua. A mi mente llegan de nuevo las palabras de mi padre: “No sea que sin darte cuenta… corras tras el viento”. Y de pronto, me encuentro balbuceando una frase:
—Vanidad de vanidades, todo es vanidad… —me suena a memoria vieja que no es mía… y sin embargo, ahí está.
En el contestador de microcassette, una luz parpadea, presiono la tecla de play:
—¡Estoy orgullosísima, hija. Me dijo tu padre que hoy brillaste! —Es la voz de mamá emocionada—. Te esperan posiciones importantes.
Asiento en silencio con una mueca.
Me imagino a papá orando… no lo veo… pero lo siento. Igual que el viento que sopla por debajo de la puerta.
Mañana habrá nuevas reuniones, nuevas palabras, nuevas fotos. El primer paso ya está dado. Pero no es del todo sólido. Me prometo no perderme. Y si el viento insiste otra vez… al menos le abriré la ventana.
Antes de dormir, me despojo del disfraz de chica exitosa y cumplo el último paso de mi rutina. Me pongo el pijama de satén marfil con ribetes rosa, blusa de cuello en “V”, pantalón recto al tobillo; pantuflas de peluche con pompón. En el baño, me lavo los dientes, me quito el maquillaje.
Me miro en el espejo… ¿y qué veo?
Un rostro cansado. Pómulos pálidos. Labios agrietados de tanto sonreír. Ojos que todavía dicen “puedo”… y, a ratos, preguntan “¿quién eres?”



La mejor época!! Esta lectura logró llevarme en la máquina del tiempo!! Excelente!!